Fútbol y Música

Por: Diana Rincón
El estado de la cancha de El Campín vuelve a proponer una discusión que parece reducirse a dos bandos: los que defienden el fútbol y los que justifican los conciertos. Pero ¿De verdad tenemos que elegir entre el deporte y el entretenimiento?
El Campín es mucho más que un estadio de fútbol. Es un escenario de ciudad, un punto de encuentro y un espacio para vivir distintas expresiones del entretenimiento. El fútbol tiene allí una historia enorme, pero la música también convoca, genera emociones, dinamiza la economía y hace parte de la vida de Bogotá.
Pretender que un escenario de estas dimensiones se destine exclusivamente a una actividad desconoce las posibilidades que tiene para la ciudad.
El problema no es que se hagan conciertos. La pregunta es, cómo se realizan, qué protocolos se aplican para proteger el césped, cuánto tiempo se destina a su recuperación y quién responde cuando las condiciones del terreno no son las adecuadas para competir. La administración de un estadio de uso múltiple exige planeación, inversión, conocimiento técnico y, sobre todo, controles que no dependan de la buena voluntad de sus responsables.
También hay que entender que no todas las partes tienen los mismos intereses. Los organizadores de conciertos necesitan escenarios capaces de recibir grandes espectáculos; los operadores buscan que la infraestructura sea sostenible; la ciudad espera que sus espacios generen actividad y recursos; y los clubes, los jugadores y los hinchas necesitan una cancha en condiciones óptimas. Todos tienen razones válidas. Lo inaceptable es que esa convivencia termine trasladando las consecuencias al espectáculo deportivo.
Porque una cancha en mal estado no es un asunto menor. Puede afectar el juego, dificultar el desempeño de los futbolistas, aumentar el riesgo de lesiones y desdibujar la calidad de una competencia profesional. El fútbol colombiano merece escenarios a la altura de sus protagonistas y de una afición que acompaña a sus equipos con una pasión que pocas veces se pone en duda.
Pero hay otra discusión que no podemos seguir aplazando. Después de casi ocho décadas de historia del fútbol profesional en Colombia, ¿no es hora de que los clubes más importantes del país avancen de manera decidida hacia la construcción y administración de sus propios estadios? Depender de escenarios compartidos, con calendarios, intereses y necesidades distintas, obliga a negociar permanentemente condiciones que deberían estar garantizadas para competir al máximo nivel.
Tener estadio propio tampoco resolvería todos los problemas por arte de magia: construirlo, financiarlo y mantenerlo implica una enorme responsabilidad. Sin embargo, permitiría a los clubes tener mayor autonomía sobre sus calendarios, sus instalaciones y sus inversiones, además de fortalecer su patrimonio y su relación con la ciudad.
El Campín no tiene por qué dejar de ser un escenario para conciertos ni renunciar a su vocación de espacio público para el entretenimiento. Lo que sí necesita es una gestión capaz de hacer compatibles sus diferentes usos sin sacrificar la calidad del fútbol. Y el fútbol colombiano, por su parte, necesita dejar de depender indefinidamente de una infraestructura que no siempre controla.
La discusión no debería ser fútbol o conciertos. Debería ser, cómo hacemos bien ambas cosas. Porque cuidar la cancha no es un favor a los clubes ni una concesión a los futbolistas: es una obligación con el espectáculo, con los aficionados y con el deporte mismo. Y pensar en estadios propios ya no debería ser un sueño lejano, sino una conversación seria sobre el futuro del fútbol colombiano.



