Un grito silencioso

El fútbol colombiano volvió después de una pausa que nadie hubiera querido vivir. El terremoto del 10 de agosto dejó dolor, pérdidas y miles de familias afectadas. Por eso, el regreso de la competencia tenía un significado especial: volver a jugar también era recuperar, poco a poco, algo de normalidad.
La fecha 6 dejó resultados variados. Jaguares venció 1-0 a Chicó, Nacional derrotó 2-1 a Fortaleza y Llaneros superó 1-0 a Pasto. Millonarios, Tolima, Santa Fe, América, Junior y Medellín no pudieron ganar en sus respectivos partidos.
Pero ningún resultado debería ocupar más espacio que lo ocurrido entre Santa Fe y América. El partido apenas llevaba 33 minutos cuando una pelea entre aficionados terminó trasladándose al terreno de juego. Las barras populares invadieron la cancha y obligaron a suspender un encuentro que debía ser una fiesta.
Y aquí la crítica debe ser contundente: ¿hasta cuándo vamos a seguir utilizando el fútbol como excusa para la violencia? Una camiseta, una rivalidad o una provocación no pueden convertirse en razones para agredir. El fútbol puede despertar pasión, pero jamás debería convertirse en una excusa para enfrentarnos.
Lo ocurrido es todavía más preocupante por el momento que atravesaba el país. Apenas habían pasado unos días desde el terremoto que golpeó a Colombia. Mientras muchas personas intentaban reconstruir sus vidas, el fútbol tenía la oportunidad de convertirse nuevamente en un espacio para unir. En El Campín ocurrió exactamente lo contrario.
El problema ya no puede reducirse a sanciones, partidos sin público o cierres de tribunas. Todo eso puede ser necesario, pero la solución también pasa por entender que el rival no es un enemigo. Una hinchada puede alentar, protestar y vivir el fútbol con intensidad, pero hay una línea que jamás debería cruzarse.
El fútbol colombiano regresó buscando ser un motivo para reencontrarnos. Sin embargo, Santa Fe y América terminaron dejando una imagen que duele más que cualquier resultado: la de un deporte que sigue siendo utilizado como escenario para la violencia.
Ese fue, precisamente, un grito silencioso. El grito de un fútbol que pide ayuda para recuperar su esencia. Porque si ni siquiera después de una tragedia somos capaces de entender que el fútbol debe unirnos y no enfrentarnos, entonces el problema va mucho más allá de las tribunas.



