No es aguante: ¡ES VANDALISMO!

Por: Steven Arce
Las instalaciones del Junior de Barranquilla fueron escenario de un episodio que, bajo ninguna perspectiva, debe tener cabida en un equipo de fútbol que se considere profesional. Desde este blog rechazo tajantemente los hechos que se vivieron en la sede deportiva, donde rayaron con grafitis los carros de los jugadores y vandalizaron la entrada. Lo que ocurrió hoy no tiene nada que ver con el "aguante" ni con la pasión; es vandalismo.
¿En qué momento normalizamos la barbarie?
Resulta alarmante y profundamente frustrante ver cómo, en nuestro fútbol, este tipo de invasiones, “aprietes” y shows de intimidación se tratan como "gajes del oficio". Nos hemos acostumbrado a justificar lo injustificable bajo el escudo de que "el fútbol es así", al punto de que algunos supuestos “hinchas” aplaudían lo que ocurrió y le pedían a las barras de su propio equipo tomar ejemplo y hacer lo mismo. No, el fútbol no es así. Ningún trabajador de ninguna empresa toleraría que un grupo de personas externas irrumpa en su oficina para exigir resultados de manera hostil. Normalizar esto es el primer paso hacia el abismo.
Una seguridad de papel
Lo sucedido nos obliga a exigir respuestas inmediatas a la directiva: ¿Dónde está el esquema de seguridad del equipo? Es absolutamente inconcebible que la sede de uno de los clubes más grandes y con mayor presupuesto del país sea tan vulnerable. Los filtros de ingreso parecen ser de adorno. La integridad de los jugadores, del cuerpo técnico y de todo el personal administrativo quedó a merced de quienes decidieron que podían entrar por la puerta grande como si fueran los dueños del club.
El antecedente que rompió los límites: Los asados de Arias
Sin embargo, no nos llamemos a engaño: esta vulnerabilidad no nació de la noche a la mañana. Esta intimidad tóxica y peligrosa con las barras tiene un punto de origen reciente que no podemos ignorar. Es imposible no cuestionar la enorme irresponsabilidad del anterior técnico, Alfredo Arias.
Cuando permites que las barras crucen los muros de la sede, cuando les prestas el espacio de trabajo de los jugadores para hacer asados y fraternizas cruzando todas las líneas rojas del profesionalismo, estás entregando las llaves de tu propia casa. Arias abrió una puerta peligrosísima pensando, quizás, en ganar simpatía popular, y hoy el club entero está pagando los platos rotos. Le dio la mano a la barra, y hoy se tomaron el brazo entero.
Al hincha se le respeta, se le escucha y se le valora, pero desde la tribuna. La sede deportiva debe ser un espacio de trabajo, no un club social ni un punto de encuentro para asados.
Lo de hoy tiene que ser un punto de quiebre absoluto. Si la dirigencia no corta de raíz esto, impone un perímetro de seguridad real y recupera la autoridad dentro de sus propios muros, lo que hoy fue un escándalo mañana será una tragedia. El Junior es una institución histórica; ya es hora de que la hagan respetar como tal.



